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Por: Sebastián Garaviño Ramírez

sebastiangaravino@gmail.com

Todos cambiamos desde diciembre de 2019, cuando en un mercado de Huanan en Wuhan (China), el séptimo coronavirus que se sabe infecta a los humanos comenzó su camino. A hoy, no estamos solo ante una crisis global, sino ante una bisagra entre un mundo convulsionando y exhausto y, una nueva manera de vivir y de ser. Nada será como lo conocemos, estamos ante una nueva era.

Hasta ahora, las investigaciones arrojan que el principio del virus está relacionado con un origen natural. Es decir, las hipótesis de que sea una construcción de laboratorio o un virus manipulado a propósito están, por el momento, descartadas.

También es evidente que la crisis del covid-19 no es solo una emergencia sanitaria; es ante todo un problema estructural de carácter económico y social. Lo más urgente es acabar con el virus, pero de inmediato debe brindarse seguridad y proteger a trabajadores, independientes, empresas y familias de lo que será el enorme impacto socioeconómico. Por tanto, invitar a la unidad es una declaración vacía si no se convierte en un hecho que la población trabajadora no se quede por el camino en esta crisis.

Además, estamos viviendo algo histórico: el año en que la tierra obligó al mundo a detenerse. Gracias a eso nos hemos dado cuenta de que la vida es más sencilla: comer en familia, leer en casa, salir a pasear al perro, conversar con los vecinos, y ver una película. Quizás ahora es que nos enteramos de que vivimos de la agricultura y no de la minería. Hemos podido observar que mientras estamos encerrados, las aguas vuelven a cristalizarse, el aire se despeja, los árboles dejan de ser talados y los animales pueden estar en paz por un tiempo. Por eso, cuando la vida regrese, ojalá le pidamos menos cosas y así todo tendrá sentido.

Sin embargo, es una certeza que las peores epidemias no son biológicas sino morales como nos enseñó Albert Camus en La Peste. Esta problemática también está sacando a la luz lo peor de nuestra sociedad: poca solidaridad, egoísmo, inmadurez e irracionalidad. El covid-19 no respeta clase social, lugar o poder alguno, por tanto, nos alarma a todos. Por ejemplo, la población en general no se preocupa por la malaria, el ébola o el dengue, ya que estas enfermedades son problemas relacionadas con la pobreza y se encuentran en las periferias del ingreso económico y la ubicación territorial. Es decir, como dijo el filósofo francés Edgar Morín: esta crisis nos muestra que esta globalización es interdependencia sin solidaridad.

En ese sentido, no debemos olvidar que impera un sistema hegemónico que genera exclusión y desigualdad. Como lo expone el filósofo colombiano Damián Pachón, este momento le ofrece una doble oportunidad al sistema. La primera, y puede ser peligrosa, es que se fortalezcan los mecanismos de administración de la vida, sus formas de represión y control de las dinámicas sociales. Aquí se ubican quienes están más inquietos por la crisis económica, obligan a los Estados a intervenir, pero, quieren salvar al viejo sistema.

Desde otra perspectiva, surge una segunda oportunidad, ya que es necesaria una transformación con un nuevo modelo y un nuevo pacto de convivencia más humano y más solidario. No hay que dejar de lado que antes de esta emergencia global las noticias en diferentes partes del mundo eran sobre el crecimiento de las protestas civiles y la exigencia de un nuevo contrato social. En ese orden de ideas, deseo que el confinamiento nos esté permitiendo comenzar a desintoxicar nuestras formas de vida y así poder construir otros mundos posibles.

Es cierto que las crisis nos podrían tornar más hostiles y que el miedo gobierne nuestras conductas. Pero, asimismo las crisis pueden animarnos a la solidaridad, al interés por el trabajo colectivo, y puede convertirse en una gran oportunidad. Comparto aquí la pregunta del psicólogo Juan José Riveros, ¿cuál de los dos escenarios es más probable? Él plantea que tendremos una combinación de ambos, pero que uno terminará por imponerse y darle tinte al balance cuando se haga.

En lo personal, convencido de los hechos y el aprendizaje de nuestra historia como humanidad, sé que pesará la solidaridad y ese será nuestro camino. Para eso debemos reconocer e interiorizar que, como dice Slavoj Zizek, el auténtico trabajo de amor no reside en ayudar a otros como si les tirásemos trozos de nuestra riqueza desde el otro lado de la segura barrera: se trata, más bien, de llegar al Otro excluido y sufriente, trabajando para desmantelar esa barrera.

Para entender eso hay que darle la vuelta a los análisis. Tenemos que pasar del miedo a la esperanza y tener coraje para los tiempos difíciles. Es un desafío que vino para cambiarnos la vida para bien. Para que aprendamos a tener mejores hábitos de producción, de consumo y de relación con los demás. Sin duda, es una lección de la naturaleza.

Sebastián Graviño Ramírez

Profesional en Psicología, Maestría (c) en Educación y Cultura de Paz de la Universidad Surcolombiana. Responsable de Redes Solidarias y el programa de Juventud en ASOCOOPH; Facilitador Educativo y líder de la Escuela Política de la Fundación Social Utrahuilca; y miembro del COPASST de la Cooperativa Utrahuilca

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